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Trabajo, sindicatos y reproducción social: tres dimen-
siones de una misma crisis
Paula Varela
CEIL-CONICET
pvarela@sociales.uba.ar
Fecha de recepción: 6 de noviembre de 2024
Fecha de aprobación: 20 de noviembre de 2024
La pregunta por la situación de las y los trabajadores en un momento de
fuerte ataque como el actual implica, al menos, tres movimientos. Uno de
largo plazo que obliga a pensar la morfología de la clase trabajadora en la
Argentina a partir de las huellas que la marcaron en la década del noventa y
que los años de crecimiento económico de la primera década del siglo XXI
no revirtieron1. Me refiero a la precarización laboral en sus dos principales
manifestaciones: en la forma en que logramos vender nuestra fuerza de tra-
bajo en un mercado laboral con cada vez menos derechos y en la forma en
que es consumida productivamente nuestra fuerza de trabajo en condicio-
nes laborales cada vez más degradadas. Esto ha consolidado una morfo-
logía fragmentada en tres sectores: un núcleo de asalariados formales que
detenta derechos laborales (aunque cada vez más precarizados), cuya ten-
dencia general es a la reducción lenta; otro de trabajadores informales (sin
derechos) que viene consolidándose en un piso alto de alrededor del 30%,
con picos de crecimiento en determinados períodos como la salida de la
convertibilidad o la pandemia; y un heterogéneo sector de los denominados
“trabajadores independientes” cuya tendencia es al crecimiento y que mu-
chas veces son los otrora informales hoy transformados en “cuentapropis-
tas” (ya sea a través de la plataformización como vehículo para la oferta de
bienes y servicios, u otros mecanismos como el monotributo social). A esto
hay que sumarle a quienes no logran vender su fuerza de trabajo en ninguna
de estas tres modalidades y conforman el sector de los desocupados cuya
1- Como señaláramos en debate con otras lecturas del período, desde el año 2003 se
configuró “una contradicción constituyente del régimen kirchnerista: la contradicción entre
la fuerte recomposición social de los trabajadores (alentada por las variables de la acumu-
lación postconvertibilidad) y el mantenimiento de las condiciones de explotación neolibe-
rales (sobre las que se basa dicha acumulación)” (Varela, 2015, p. 232).
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medición suele ser errática. Esta foto compuesta en el transcurso de las tres
últimas décadas configura una profunda crisis del trabajo2 y explica el cada
vez más acuciante fenómeno de los “trabajadores pobres”.
A esta mirada de largo plazo hay que agregarle una de mediano plazo que
nos reenvía a las formas que asumió la denominada “revitalización sindical”
en el período 2004-2015 y que consta de dos procesos simultáneos (y co-
nectados), pero diferenciados. Aquel que refirió al nuevo protagonismo que
asumieron los sindicatos (y sus direcciones) en la puja distributiva media-
da por el Estado (firmas de CCT, paritarias, mesas tripartitas, etcétera) cuya
orientación mayoritaria podría resumirse en el intento de llevar adelante lo
que Etchemendy y Berins Collier (2008) llamaron un “neocorporativismo
segmentado”3, es decir, negociaciones sectoriales aceptando (y consolidan-
do) el achicamiento de la base de representación de los sindicatos produc-
to de la precarización y fragmentación impuesta en los ‘90. Por otra parte,
aquel proceso que denominamos “sindicalismo de base” que implicó una
renovación generacional de la militancia en el lugar de trabajo y, de su mano,
una politización de los establecimientos laborales con creación o reactiva-
ción de comisiones internas, cuerpos de delegados; etcétera. Parafraseando
a Murmis y Portantiero (2011), este sindicalismo de base fue producto de una
asincronía entre acumulación y participación: la expansión e intensidad del
crecimiento económico con fuertes incorporaciones al mercado de trabajo
de 2003 en adelante produjo una rápida recomposición social y aumento
de las expectativas, que se topó con la continuidad de una ciudadanía de-
vastada en el terreno de los derechos laborales. Sumamente rico, la revitali-
zación por abajo no logró sin embargo perforar las cúpulas de sindicatos y
centrales obreras y renovar sus direcciones ni sus políticas neocorporativas.
Esta otra foto es fundamental para comprender que, a 20 años de aquella
recomposición, asistimos a una triple crisis de las organizaciones sindicales:
de su base de representación (cada vez más chica), de sus demandas (cada
vez con menos fuerza y que aparecen como menos legítimas ante el mar de
2- Lo que aparece como “crisis del trabajo” a nivel internacional es, en realidad, la crisis
del modelo de trabajo asalariado configurado en la segunda posguerra (véase Gutiérrez
Rossi y Varela, 2024).
3- Como señaláramos durante el debate sobre la “revitalización sindical”, defender como
auspicioso el modelo del “neocorporativismo segmentado” subvaluaba, a mediano y largo
plazo, la debilidad que el achicamiento de la base de representación implica para el con-
junto de los sindicatos y su poder de negociación, y confundía la eficacia a corto plazo con
fortaleza de la organización sindical y del sindicalismo de servicios. Además, dado el sesgo
institucionalista de la perspectiva, no ponderaba lo que la consolidación de la fragmenta-
ción del mercado de trabajo significa para el conjunto de las y los trabajadores y para el
crecimiento de los “trabajadores pobres”. Casi veinte años después de aquel debate, las
debilidades de esa perspectiva se han vuelto más palpables (véase Varela, 2016).
Paula Varela
trabajadores pobres), y de territorios (cada vez más reducidos ante los altos
grados de dispersión espacial de los trabajadores).
Por último, es necesario un tercer movimiento de análisis (indisociable de
los dos anteriores) que tiene que ver con lo que desde el feminismo marxis-
ta4 denominamos “crisis de reproducción social”, la cual se volvió estridente
en el corto plazo de la pandemia de COVID-19 y de allí hasta nuestros días.
A diferencia de cómo la piensan otras perspectivas (como la de los “cuida-
dos” o de la “sostenibilidad de la vida”5), la idea de “crisis de reproducción
social” coloca la noción de fuerza de trabajo en el centro de la escena (de
allí que implique una mirada de clase sobre la reproducción social) y obliga
a pensar interconectadamente los tres grandes mecanismos a través de los
cuales, las y los trabajadores reproducimos nuestra fuerza de trabajo (y con
ella, nuestra vida): el trabajo remunerado y su precarización; los servicios
públicos de reproducción social (como salud, educación, cuidados) cada vez
más ajustados y mercantilizados; y el trabajo no remunerado en el hogar,
abrumadoramente a cargo de las mujeres trabajadoras, cada vez más ago-
biante dada la escasez de recursos y de tiempo. Los hogares estallados de la
pandemia no solo mostraron el carácter esencial del trabajo de reproducción
social que llevamos adelante las mujeres, sino que mostraron también que
la enorme crisis que atraviesa la posibilidad de reproducirnos (para quienes
somos parte de la clase trabajadora) debe pensarse en estas tres dimensio-
nes: trabajo remunerado, servicios públicos y hogares/comunidad.
4- El debate sobre la reproducción social es heredero del “debate sobre el trabajo domés-
tico” llevado a cabo durante la Segunda Ola Feminista en la década del ‘70. En el camino
de buscar las relaciones entre «el hogar» y «la fábrica», la pregunta acerca de si el trabajo
doméstico produce o no produce valor se transformó en una cuestión central del debate.
Y su respuesta configuró lo que podemos denominar como la visión autonomista y la vi-
sión marxista de la reproducción social. La primera, originada en los escritos de Mariarosa
Dalla Costa (proveniente del operaísmo italiano) y representada en la actualidad por Silvia
Federici (entre otras). La segunda encuentra en el libro de Lise Vogel (2024) las bases de lo
que es hoy la Teoría de la Reproducción Social con autoras como Tithi Bhattacharya, Susan
Ferguson y Cinzia Arruzza (entre otras). El punto en común de ambas visiones es la crítica
a aquellos abordajes del capitalismo que analizan, exclusivamente, el trabajo que produce
valor (el trabajo asalariado) sin considerar el carácter indispensable que tiene el trabajo de
reproducción social para la acumulación de capital. La principal diferencia reside en cómo
piensa cada una de estas vertientes la relación entre ambos trabajos (productivo y repro-
ductivo). Mientras la visión autonomista pone el foco en el espacio doméstico/territorial
como ámbito privilegiado de producción de valor y, por ello, oikos de la sociedad (y “punto
cero” de la revolución); la TRS coloca el foco en la relación contradictoria entre «producción
de ganancias» y “producción de vida” bajo el capitalismo, y analiza las tensiones emer-
gentes de dicha contradicción (y sus potencialidades políticas). Para más desarrollo, véase
Varela, 2020.
5- Para un análisis de las diferencias entre perspectivas, véase Varela, 2024.
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Disparar contra las dicotomías
Ante esta crisis multidimensional (del trabajo, de las organizaciones sindi-
cales y de la reproducción social), propongo construir una perspectiva que
permita pensar los distintos andariveles de forma conectada. Para eso, trai-
go elementos de la Teoría de la Reproducción Social (TRS) que, habiendo
surgido en el seno del debate del feminismo marxista, se configura como
una teoría crítica del capitalismo que coloca la pregunta por la reproducción
de la fuerza de trabajo en el centro y, a partir de allí, permite discutir los con-
tornos y potencialidades de la clase trabajadora.
El primer elemento tiene que ver con la forma de pensar la relación entre
el ámbito de la producción de mercancías (y de valor) y el de la reproducción
de la fuerza de trabajo (y de las personas que la portamos). Lo habitual, en el
campo de las ciencias sociales, es pensar esta relación de forma dicotómi-
ca. De facto, esta dicotomización ha implicado una división disciplinar entre
los “estudios del trabajo” y los “estudios de movimientos sociales” o de la
denominada “economía popular”, como si efectivamente configuraran uni-
versos independientes con dinámicas y lógicas propias. La naturalización de
esta dicotomía, que se reforzó luego de la crisis de 2001, puede observarse
también en una suerte de división del trabajo en las organizaciones de cla-
se entre sindicatos (mayoritariamente corporativos) y movimientos sociales
(mayoritariamente dedicados a sostener una economía de subsistencia). Por
el contrario, la perspectiva de la TRS invita a pensar el ámbito de la repro-
ducción social en su relación inalienable con el de la producción de mercan-
cías y valor (como corazón de la acumulación de capital) y, de este modo,
combate la ilusión de autonomía de las esferas y de sus luchas que hoy
prima. Si analizáramos los sindicatos desde esta perspectiva transversal,
observaríamos la importancia que ha tenido la reducción del repertorio de
demandas del movimiento obrero a la lucha por el salario (lucha necesaria,
por supuesto, dado que el salario es lo que permite adquirir los medios para
la reproducción social bajo el capitalismo). Eso ha expulsado de la agenda
otras demandas que también son fundamentales para nuestra reproducción
social como el acceso a la vivienda (hoy inalcanzable a través del mercado);
al transporte (en transición de servicio público a mercancía); la educación, la
salud y los cuidados (en vías de erradicación como derechos); los servicios
de infraestructura urbana (ausentes o escasos en la gran mayoría de ba-
rrios de trabajadores); los bienes comunes (en franca privatización); etcétera.
Esas demandas fundamentales para la reproducción de nuestra vida tienen,
además, la fuerza de interpelar a otros miembros de la clase trabajadora que
no son parte de la minoría de asalariados sindicalizados. En términos de la
metáfora de Ricardo Antunes (2005), interpelar al conjunto de la clase que
vive del trabajo. Esa transversalidad que habilita la perspectiva de la repro-
ducción social es la que me interesa rescatar aquí, porque disuelve las dico-
tomías (demandas de la producción versus demandas de la reproducción) y
permite pensar solidaridades entre diversos sectores de la clase trabajadora
Paula Varela
que no se basen en declaraciones de buena voluntad (siempre bienvenidas,
pero insuficientes), sino en intereses comunes de una clase fragmentada y
precarizada.
El segundo elemento tiene que ver con lo que denomino poder sociorepro-
ductivo de la clase trabajadora. Como es sabido, la pregunta por las fuentes
de poder de las y los trabajadores es un clásico de la sociología del trabajo
y del marxismo, y puede considerarse ya clásica también la distinción ela-
borada primero por E. O. Wright (2000) y luego por Beverly Silver (2005)
entre el poder estructural (derivado de la posición en el sistema económico,
el cual abre la posibilidad de interrumpir la acumulación de capital) y el po-
der asociativo (derivado de la unidad y la conformación de organizaciones
obreras). Lo que quiero plantear es la necesidad de incorporar al análisis una
tercera categoría: la posición socioreproductiva como fuente específica y di-
ferenciada del poder de la clase trabajadora que ocupa posiciones en las
instituciones de reproducción social como hospitales, escuelas, centros de
cuidados. Las luchas en estas instituciones vienen cobrando fuerza en los
últimos años al calor del crecimiento relativo de este sector de los servicios,
los ajustes que sufren, y también el cuestionamiento a la desvalorización
del trabajo de cuidados que la Nueva Ola Feminista ha puesto en la agenda
de debate. Sin afirmar aquí que las luchas en este sector tienen una impron-
ta feminista per se, el nuevo movimiento feminista ha ayudado a profundi-
zar la contradicción entre el carácter necesario de este trabajo («esencial»
como se denominó en la pandemia) y el carácter «descartable» de quienes
lo llevan a cabo. Estas luchas en las instituciones de reproducción social
presentan una particularidad que la lente teórica de la TRS permite observar
con claridad: la posición estratégica de sus trabajadoras, ya no en el sistema
económico productivo (como podría pensarse para sectores como la logís-
tica o ciertas industrias), sino en la condición de posibilidad de este sistema
económico-productivo: la reproducción de la fuerza de trabajo. Esto reper-
cute directamente en su (siempre potencial) «poder de clase», porque las
instituciones en las que se lleva a cabo este trabajo tienen la particularidad
de combinar en tiempo y en espacio, por los propios rasgos del trabajo de
producir y reproducir la vida, necesidades laborales de las y los trabajadores
en tanto asalariados con necesidades reproductivas de las y las trabajado-
res en tanto clase que vive del trabajo (no solo su fracción asalariada). Eso
las vuelve territorios anfibios y, por ende, potenciales nodos de articulación
de luchas de la producción y la reproducción, lo que puede ser sumamente
disruptivo como contra tendencia a las luchas corporativas, y su reemplazo
por el debate entre trabajadores acerca de cómo organizar luchas de clase
que, por el contrario, articulen demandas de forma transversal. En ese deba-
te, las mujeres trabajadoras somos indiscutidas protagonistas.
El tercer y último elemento tiene que ver con la necesidad de que recupere-
mos, como clase, el derecho a imaginar y establecer las condiciones de nues-
tra propia reproducción social no solo en términos materiales sino también
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histórico-morales –para tomar las palabras de Marx (2004) en El Capital–.
Cuando un joven que trabaja 12 horas en reparto afirma que, aun teniendo
en cuenta la remuneración, seguiría eligiendo ese “trabajo independiente”,
está diciendo algo que hay que escuchar. Por ejemplo, que si va a destinar la
gran mayoría de su tiempo a trabajar para vivir mal de sus ingresos (que es
lo que ofrece el mercado de trabajo para la gran mayoría), quiere, por lo me-
nos, no tener alguien que lo controle, poder parar 15 minutos para descansar,
hacerse una escapada para ver a alguien o hacer algo extralaboral (aunque
esos 15 minutos no se los pague la aplicación y el algoritmo lo castigue por
ello). Ante la imposibilidad de que un trabajo asalariado rutinario y despótico
permita acceder a los bienes necesarios para un vivir que se suponía como
“lo mínimo”, el horizonte de una explotación que al menos no te encierre en
un lugar con jefes y te permita ciertos flashes de libertad aparece como posi-
ble (aunque esa “libertad se paga por semana”, como decía la publicidad de
UBER, y se paga mal6).
Eso nos obliga a hacernos la pregunta acerca de las condiciones en que
pretendemos reproducir nuestra vida no solo en términos estrictamente eco-
nómicos sino en términos del tiempo (dedicado a trabajo o al ocio), pero
también de la violenta regimentación de los cuerpos; la determinación de
lo «capacitado» y lo «discapacitado»; la normalización de la sexualidad; la
segregación y el uso del espacio; el establecimiento de lo racializado; la re-
lación con la naturaleza y los bienes comunes. La gran mayoría de las veces
estos problemas han sido analizados en una oposición forzada y artificial
con los problemas «clásicos» de las y los trabajadores. Y han sido tomados,
en términos socio-políticos, por movimientos sociales (feministas, LGBT+,
ecologistas, en defensa de los pueblos originarios y los bienes comunes,
etcétera), que en algunas ocasiones han confluido con sindicatos, pero en
muchas otras no. Sin embargo, y en sentido contrario a una mirada dicoto-
mizante, estos problemas expresan otras dimensiones de las formas en que
el capital moldea, violentamente, la vida de quienes trabajamos para vivir.
Todos esos elementos que, bajo el capitalismo, han implicado diversas opre-
siones constituyentes de la formación histórica de la clase trabajadora como
clase explotada, son parte necesaria de nuestra discusión. La propia crisis
del modelo de trabajo asalariado de la posguerra (y de sus organizaciones)
como forma hegemónica de reproducción de la fuerza de trabajo en occiden-
te, y el violento intento (por parte del capital) de reestablecer los parámetros
de la reproducción de la vida de la heterogénea clase que vive del trabajo en
la actualidad, nos obligan a discutir, lo más audaz y creativamente posible,
las formas para exigir nuestro derecho a establecer las condiciones de nues-
tra propia reproducción social y las organizaciones que necesitamos para
ello. Como dicen Bhattacharya, Farris y Ferguson, «si la producción capita-
lista solo se ocupa de un chato y rutinario tiempo presente, la Reproducción
6- Véase Rosenblat (2021).
Paula Varela
Social, como teoría y práctica, dirige su atención hacia el futuro, hacia la re-
producción continua de la vida de la especie y del mundo social que creamos
en y a partir del mundo natural» (2022, p. 63). Un proyecto nada desdeñable.
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